El camino de una formación de Kundalini Yoga  

De aquel alumno que comenzó a buscar en 2012 al profesor que hoy sigue aprendiendo.  

Hace casi veinte años que el yoga apareció en mi vida. En aquel momento no sabía que aquella primera práctica iba a convertirse en un camino que terminaría acompañándome durante tantos años. Comencé practicando Hatha Yoga, simplemente como alguien que se acercaba a una disciplina nueva y descubría, poco a poco, que detrás del movimiento del cuerpo existía también una posibilidad de detenerse, respirar y mirar hacia dentro. No tenía entonces la perspectiva que tengo hoy. No podía imaginar todo lo que vendría después, ni que aquella primera experiencia terminaría llevándome hacia una manera completamente diferente de entender el yoga y, sobre todo, de entenderme a mí mismo.

Fue en 2011 cuando experimenté por primera vez Kundalini Yoga. Y hay algo que todavía recuerdo cuando pienso en aquel momento: Kundalini Yoga me tocó. No sabría explicar exactamente qué fue. No fue solamente una postura, una respiración, una meditación o un mantra. Fue una sensación más profunda, como si algo de aquella práctica encontrara un lugar dentro de mí que llevaba tiempo esperando ser reconocido.

Después de varios años practicando Hatha, encontré en Kundalini una manera de trabajar con el cuerpo, la respiración, la mente y la conciencia que conectaba de una forma especial con mi propia búsqueda. Un año después, en 2012, decidí comenzar mi formación.

Hoy, tantos años después, cuando acompaño a otras personas que comienzan ese mismo recorrido, pienso muchas veces en aquel alumno que fui. Porque una de las cosas que más me ha enseñado el tiempo es que antes de ser profesor fui alumno, y que probablemente nunca dejaré de serlo. Aquella persona que comenzó su formación en 2012 no sabía todo lo que iba a ocurrir. No sabía cuántas cosas iba a aprender, pero tampoco sabía cuántas tendría que desaprender. No sabía que una formación de Kundalini Yoga podía convertirse en un proceso tan profundo de autoconocimiento ni que, con el paso de los años, acabaría encontrándome al otro lado, acompañando a otras personas que comenzaban su propio camino.

En ese recorrido tuvo un papel fundamental mi maestro, Hargobind Singh, discípulo directo de Yogui Bhajan durante más de 25 años. Él fue quien me enseñó este camino y quien representó para mí una de las primeras referencias de lo que significa recibir una enseñanza y permitir que esa enseñanza forme parte de tu propia experiencia. Con el tiempo he comprendido que la relación entre maestro y alumno no consiste simplemente en transmitir conocimientos. Un maestro puede ofrecerte herramientas, enseñarte una práctica y compartir contigo aquello que ha aprendido, pero finalmente eres tú quien tiene que experimentar, cuestionar, integrar y encontrar su propia manera de caminar.

Eso es algo que considero esencial cuando hablamos de una formación de profesores. Una formación no debería pretender crear copias de un profesor. No se trata de que todos enseñemos de la misma manera, utilicemos exactamente las mismas palabras o tengamos la misma personalidad. Cada persona llega con una historia diferente y, por tanto, también tiene una manera diferente de compartir. La formación debería ofrecer una base sólida, una experiencia profunda y unas herramientas que permitan después que cada alumno encuentre su propia voz como profesor.

Cuando alguien comienza una formación de Kundalini Yoga suele imaginar que va a aprender a enseñar. Es lógico. Hay un programa, unos contenidos, unas prácticas y una serie de conocimientos que deben adquirirse. Pero después de tantos años puedo decir que esa es solamente una pequeña parte de lo que realmente sucede. Una formación comienza enseñándote yoga, pero poco a poco termina enseñándote a ti.

Porque llega un momento en el que la práctica se convierte en un espejo. La meditación deja de ser solamente una técnica y empieza a mostrarte cómo funciona tu mente. La respiración deja de ser únicamente una herramienta y se convierte en una forma de observar cómo respondes ante lo que ocurre. El cuerpo comienza a mostrarte tensiones, resistencias y límites. El silencio permite que aparezcan preguntas que normalmente mantenemos escondidas detrás del ruido cotidiano. Y entonces descubres que aprender yoga no consiste únicamente en adquirir nuevos conocimientos, sino también en comenzar a mirar de otra manera aquello que ya estaba dentro de ti.

Por eso creo que una formación de Kundalini Yoga necesita tiempo. Necesita espacio para experimentar, para equivocarse, para volver a practicar y para permitir que aquello que aprendemos deje de ser una idea y se convierta en una experiencia. Hay cosas que podemos explicar en un seminario, pero que solamente comprendemos cuando la vida nos las pone delante. Podemos hablar durante horas sobre la presencia, pero después tenemos que descubrir qué ocurre con nuestra presencia cuando discutimos con alguien que queremos. Podemos estudiar la importancia de la respiración y, sin embargo, será la vida cotidiana la que nos enseñará a utilizarla cuando aparezca el miedo, la frustración o la incertidumbre.

Ahí es donde una formación deja de ser un curso y comienza a convertirse en un camino. El primer año suele estar muy relacionado con ese encuentro personal. Hay una enorme cantidad de contenidos nuevos, pero también aparece algo mucho más importante: empezamos a observarnos. Descubrimos nuestros patrones, nuestras expectativas, nuestras dificultades y también nuestras capacidades. A veces llegamos buscando respuestas y nos encontramos con nuevas preguntas. Otras veces pensamos que necesitamos cambiar determinadas cosas de nuestra vida y descubrimos que, en realidad, necesitábamos aprender a relacionarnos con ellas de otra manera.

No creo que una formación tenga que convertirnos en personas perfectas. De hecho, cuanto más tiempo llevo en este camino, menos creo en esa idea. Para mí, el verdadero crecimiento tiene mucho más que ver con aprender a reconocer nuestra humanidad. Podemos tener miedo y seguir avanzando. Podemos equivocarnos y seguir aprendiendo. Podemos atravesar momentos de confusión sin pensar que hemos perdido el camino. Podemos descubrir partes de nosotros que no nos gustan especialmente y, en lugar de rechazarlas, comenzar a comprenderlas.

Y todo esto sucede mientras compartimos el camino con otras personas. Una formación de dos años genera algo que no aparece en ningún programa académico: vínculos. Personas que al principio no se conocen terminan compartiendo una parte importante de sus vidas. Se ven crecer, atravesar dificultades, superar inseguridades, descubrir nuevas capacidades y, en muchas ocasiones, mostrarse vulnerables.

Poco a poco, el grupo deja de ser simplemente un conjunto de alumnos y se convierte en una comunidad. Para mí, esa comunidad es una parte esencial del aprendizaje. Vivimos en una época en la que estamos permanentemente conectados, pero eso no significa necesariamente que nos sintamos acompañados. Encontrar un espacio donde podemos mostrarnos tal y como somos, donde podemos decir que no sabemos algo, compartir una dificultad o simplemente permanecer en silencio junto a otras personas tiene un valor enorme. También eso es yoga: aprender a relacionarnos desde un lugar más consciente, más respetuoso y más humano.

Cuando llega el segundo año, la mirada empieza a cambiar. Ya no estamos solamente preguntándonos qué nos ocurre a nosotros, sino que comenzamos a preguntarnos cómo podemos acompañar a otra persona. Y esa transición es importante, porque enseñar no significa trasladar nuestra experiencia a los demás como si fuera una verdad universal. Cada alumno que se sienta delante de nosotros tendrá una historia diferente, un cuerpo diferente, unas necesidades diferentes y un momento vital diferente.

Aprender a enseñar implica aprender a observar y a escuchar. Implica saber cuándo hablar y cuándo guardar silencio, cuándo ofrecer una herramienta y cuándo permitir que la persona encuentre su propio espacio. Implica comprender que no somos nosotros quienes hacemos el proceso por el otro. Podemos acompañar, podemos ofrecer una práctica, podemos sostener un espacio y podemos compartir nuestra experiencia, pero el camino siempre pertenece a quien lo recorre.

Esta es una de las cosas que más he comprendido desde que pasé de ser alumno a ser profesor: enseñar también te transforma. Cuando te colocas delante de un grupo descubres que no solamente estás transmitiendo aquello que sabes. También estás transmitiendo tu manera de estar. Tu forma de escuchar, de mirar, de reaccionar ante una dificultad, de reconocer tus propios límites y de relacionarte con las personas forma parte de la enseñanza. Por eso creo que un profesor transmite mucho antes de comenzar a hablar.

Durante estos años he aprendido que los alumnos no necesitan profesores perfectos. Necesitan personas presentes. Necesitan profesores que conozcan sus límites, que continúen aprendiendo, que tengan humildad para reconocer cuando no saben algo y que comprendan que enseñar no les coloca por encima de nadie. Al contrario, les coloca en una posición de responsabilidad y servicio.

Cuando miro mi propio camino, también veo cuánto de lo que hoy comparto tiene sus raíces en aquello que recibí de mis maestros. Hargobind forma parte de esa historia y siempre estará presente en ella. Pero también he aprendido que recibir una enseñanza no significa quedarse para siempre en el lugar del alumno que repite lo que le han enseñado. Existe un momento en el que necesitas experimentar por ti mismo, integrar lo recibido y encontrar tu propia manera de compartirlo.

Ese proceso es también una forma de madurez. Hoy, después de tantos años, sigo encontrándome con situaciones que me enseñan. Cada grupo me muestra algo diferente. Cada alumno trae una pregunta que puede abrirme una nueva perspectiva. Cada formación me recuerda que nunca terminamos de comprender al ser humano y que precisamente ahí está una parte de la belleza de este camino. Cuanto más enseño, más consciente soy de todo lo que todavía me queda por aprender.

Por eso, cuando llega el momento de la graduación, intento transmitir a mis alumnos que el diploma no representa el final de nada. Representa el reconocimiento de un recorrido y, al mismo tiempo, la apertura de una nueva etapa. Después vendrán las primeras clases, los nervios, las dudas, los alumnos que nos harán preguntas que no esperábamos, los días en los que sentiremos que todo fluye y otros en los que tendremos que volver a empezar. Y todo eso también será formación.

Porque convertirse en profesor no significa dejar de ser alumno. Para mí significa asumir la responsabilidad de continuar aprendiendo mientras acompañamos a otras personas. Quizá por eso el nombre de nuestra escuela, Caminando Juntos, tiene cada vez más sentido para mí. Cuando empecé como alumno necesitaba que alguien caminara a mi lado. Hoy tengo el privilegio de poder caminar junto a otras personas que comienzan su propio recorrido. No para decirles exactamente dónde tienen que llegar, sino para acompañarlas mientras descubren su propia dirección.

Después de casi veinte años desde que el yoga apareció en mi vida, sigo sintiendo gratitud por aquel primer paso. Primero fue Hatha. Después llegó aquel encuentro con Kundalini Yoga en 2011 que tocó algo dentro de mí. En 2012 comenzó la formación. Después llegaron los años de práctica, de aprendizaje, de enseñanza, de encuentros, de maestros, de alumnos y de experiencias que fueron dando forma a todo lo que hoy soy.

Cuando pienso en aquel alumno que intentaba ser hace tantos años, no siento que haya dejado de ser él. Al contrario. Siento que sigo caminando con él. Sigue estando esa curiosidad, esas ganas de comprender y esa necesidad de seguir aprendiendo. La diferencia es que hoy tengo la responsabilidad y el privilegio de acompañar a otros en el mismo proceso.

Y quizá esa sea para mí la esencia de una formación de Kundalini Yoga: no aprender simplemente a enseñar una práctica, sino permitir que esa práctica transforme nuestra manera de vivir y, desde ahí, poder compartirla con otros. Porque una formación termina cuando recibes un diploma, pero el camino de aprendizaje no termina nunca. El profesor que realmente sigue creciendo es aquel que conserva dentro de sí al alumno que un día se sentó por primera vez en una esterilla sin saber hasta dónde podía llevarle aquel camino.

Yo sigo siendo ese alumno. Y, después de tantos años, sigo agradeciendo haber tenido el valor de comenzar. 

Seguimos Caminando Juntos.